Entre Veredas

MTB con alergia al asfalto

Crónica de un pitufo que no sabe dónde se mete

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Por Inegro

Llego a la estación de Villalba con tiempo, no me gusta hacerme esperar (no sabía lo que me deparaba la jornada y las veces que iban a hacerlo Jack Randall, Carolus, Andino y Mass a lo largo de la ruta).

Esperamos a Andino un ratillo mientras tomamos un café porque se ha equivocado de estación, una vez llegado y tras las presentaciones de rigor salimos hacia el Pocillo (¡qué recuerdos del sitio, con novia, coche y sin casa! 😉 ). Van hablando mientras subimos la calle Playa Samil. Yo no intervengo mucho, es la primera vez que salgo con gente y no sé muy bien los protocolos, así que prefiero ver, oir y aprender.

Ya en la primera subida soy plenamente consciente del tremendo abismo de nivel que me separa a mí y a mis compañeros, aún así, intento mantener el tipo. Subimos, digo por el Pocillo tomando un camino serpenteante de bajada hacia el Guijo ¡Qué maravilla, qué bajada! Algún saltito, 45 km/h (ellos bajan más rápido, pero mi burra no da más de sí) Llueve.

Me esperan en el cruce con la carretera de Galapagar (esta vez poquito, aún es pronto y para lo que me espera después aún estoy fresco). Voy reservón, porque veo lo que me espera, aún así en los primeros diez kilómetros el velocímetro me marca una media para mí nunca conseguida ¡20 km/h! Subimos, bajamos y llegamos al Río Guadarrama (mira que he vivido 20 años en Villalba y no lo conocía tan bonito).

Llegamos a Las Zorreras. Callejeamos un poquillo hasta tomar otro sendero que sube. ¡Dios mío no dejamos de subir! O es lo que a mi me parece. Aún así, no me quejo, veo que les estoy bajando el ritmo, van comiendo pipas y yo ya estoy al 120% de lo que puedo dar, pero el premio de conseguir la proeza de terminar esta ruta aunque sea masticando los pulmones me espolea. Sé que tarde o temprano voy a petar, y aunque aún las cuestas las subo con soltura para mi forma física mi cuerpo ya está empezando a advertirme que lo voy a pasar mal al final. Decido ser reservón en las pistas para recuperarme y que en las zonas divertidas no tengan que esperarme tanto.

Todavía llueve un poco, estoy acostumbrado a mojarme y no me importa. A estas alturas ya estoy calentito y aunque no he petado, soy incapaz de seguirles el ritmo. Ellos hace rato que se han dado cuenta y se van turnando para tirar de mi, guiarme en las trialeras, ver cómo voy, mientras los demás tiran a su ritmo (es una suerte contar con compañeros de viaje así

Empieza lo bueno, un sendero encerrado entre rebollos y encinas que serpentea paralelo al río, alguna trialera, algunos saltitos, para lo que yo estoy acostumbrado es una auténtica gozada, no me resiento (aún), ellos van más rápido, otro abismo en la técnica, pero lo disfruto muchísimo. Aprieto un poco y alcanzo a Carolus que me espera para ver cómo voy. Cruzamos el río, un repechito… Me esperan tras una torrentera enfangada, yo vengo fuerte, emocionado por las mil curvas y saltos y piedras que he pasado. Veo que Mass me dice algo con la mano, no sé qué y lo adivino cuando me meto hasta media rueda en el fango (jajaja). “Había que pasar por una lata a la izquierda” ¡Soy un pardillo! Tomamos una vereda que discurre paralela a la vía del tren para acabar en una carretera a la altura de un puente.

Llegamos a un embalse, un sitio idílico, frecuentado por pescadores. Paramos un ratillo mientras Carolus resuelve un problema con los pedales. A mi me viene de perlas para recuperar el aliento. Nos ponemos en marcha, afrontando otro sendero que discurre al lado del embalse. ¡Divertidísimo! Carolus pincha. Andino le está echando una mano y yo me voy a buscar a Mass y Jack que han tirado y nos esperan en un cruce del sendero con una amplísima Pista.

–Carolus ha pinchado. Oye, Jack, el sendero este está genial.

–Pues vamos a buscarlos y lo repetimos.

Lo recorremos de vuelta. Trialeras facilitas (¡las paso yo sin dificultad!), sube-bajas constantes, una gozada, vamos. Cuando llegamos, Carolus y Andino ya casi han terminado y tomamos un ligero tentempié (en mi caso nunca mejor el término 😀 ).

Continuamos camino hacia “Mordor” subiendo una montañita (a mi me parece el Tourmalet (en ese momento, mi calvario no se haría esperar) con un camino de cabras que baja casi en vertical hacia el embalse.

El sol ha salido hace un rato y pega con fuerza

–Dan ganas de darse un bañito aunque haya lodo- dice Jack.

–Secundo la moción.

Pero no hay tiempo, lástima.

“Mordor”… Un sitio de cuento de hadas. Un salto de agua atravesado por un puente de vértigo que muere en una casa de piedra. Hacemos una fotos y entre col y col, Andino hace algunos malabares con en una escalera (¡Joer, parece tan fácil!).

Y empieza mi calvario. El sendero continúa descarnado muy empinado y no encuentro el desarrollo para poder subirlo… pie a tierra, pues. Serpentea por la ladera de la “colina” hasta una pista bien cuidada que sube sin piedad hacia una urbanización de chalés, no sé ya donde. Ellos suben, suben suben y me quedo, me quedo, me quedo. Llevamos 20 km de ruta y a mí ya me pareceen 50. El Sol ya es justiciero, me he quedado sin agua y ya no tengo piñones más grandes. Aún así me encorajino y tiro. A mitad de subida el pulso se me dispara, lo noto en los oídos que me pulsan alocadamente. En fin… tengo que parar o peto de mala forma aquí mismo. ¡Dios sea bendito mil veces por la sombra de los árboles! 3, 4 minutos hasta que la respiración alocada, como la de un Mihura en el tercer aviso (¡mira que me gusta esta expresión) se calma y los pulmones son capaces de volver a coger aire… y aprovecharlo. Monto de nuevo y sigo subiendo. No consigo verlos, pero ya he entendido la mecánica… no hay dificultad y me esperarán arriba.

Casi arriba, Mass se ha vuelto a buscarme, he tardado demasiado y se han preocupado. Bueno, pues aquí estoy ya.

Como, no ¡devoro! Unas barritas que me ofrecen y me zampo el bocadillo de chorizo que llevo. Adivino que igual lo lamento más tarde pero es que el cuerpo me exige gasolina.

Bueno, un ratillo bajando por asfalto hasta Valdemorillo (creo, a estas alturas he perdido el sentido de la orientación y me limito a seguir la rueda de mis compañeros, que siguen comiendo pipas y charlando).

Salimos de la urbanización cogiendo otro sendero con muchas trialeras de subida. Esta vez es Carolus quien me acompaña ¡cómo se nota que se dedica a la docencia!, me da palique para que me olvide del cansancio y voy pasando trialeras sin darme cuenta. Hasta que en una la cadena se bloquea, no consigo sacar las calas a tiempo y vuelco sobre un pedregal… sin consecuencias.

Llegamos a Valdemorillo y en la última bajada Mass va a mi lado… ¡silbando!

–¡Joer, Mass, no silbes que me bajas la moral! 😀 –le digo entre risas. No hay nada como saber reírse de uno mismo

Salimos de Valdemorillo subiendo hacia Zarzalejo, cogiendo otra pista que nos lleva a un sendero (que merece descripción aparte más adelante).

Esta vez es Jack al que le toca tirar del pitufo y ¡Dios cómo lo hace! Me deja chupar rueda y yo tiro detrás de él subiendo un largo repecho y cuando me da por mirar el velocímetro… ¡27 km/h! Y yo creía que hace tiempo estaba petando… ¡Increíble!

Subimos una vereda que comparte a ratos espacio con una torrentera de un manantial. Muy técnico (al menos para mí) y echo el pie un montón de veces. Estoy muy cansado, pero me lo estoy pasando como un enano.

Llegamos a los aledaños del Zarzalejo y dicen de subir a la Silla del Rey. Mil veces he subido andando hasta allí hace años y sé lo que me espera. Pero no quiero coratarles el rollo, bastante tienen con esperarme cada dos por tres. Decidimos probar… pero en el primer repecho, endiabladamente empinado, intento hacerme el valiente y sacando fuerzas de flaqueza pego un arreón e intento cambiar aprentado. El sobreesfuerzo y el consiguiente bloqueo de cadena (hace rato que los grillos de mi burra cantan en estereo) me dejan clavado ¡Doble craso error!: He petao.

Jack se queda conmigo hasta que medio me recupero y entonces me doy la puntilla: al sentarme sobre el sillín… lo hago sobre un huevo… no, no, de gallina no, de los míos. Diossssssssss. Otro rato perdido, en fin.

Seguimos subiendo hacia la Silla del Rey. No dice nada, pero Jack se da cuenta de que difícilmente puedo llegar. Así que decide cambiar la ruta para bajar ya a El Escorial por la calzada romana. Me ha hecho madre con esa decisión 😀 .

La Calzada Romana sería una autopista hace 2.000 años, pero ahora es una brutal trialera de unos cuantos kilómetros totalmente embarrada. Más de lo mismo, tirando con cuidado alguna caida tonta sin consecuencias, pie a tierra constantemente (ya no engancho la cala del pie izquierdo puesto que casi no tengo fuerzas para sacarla en caso de caida). Última bajada por la calzada ¡Qué vertigo! Empiezo a bajarla montado pero apenas 20 metros recorridos me avisan alarmantemente de que no estoy a la altura… Pie a tierra y burra al hombro.

Llego abajo y Jack me anuncia que el calvario se ha terminado “Un llano” y llegamos a El Escorial.

Poco más que contar, que ya me he enrollado mucho. Búsqueda de un sitio donde nos den de comer. Lo encontramos al lado de la estación donde devoro unos espaguetis, unos huevos fritos con chorizo y patatas y dos dobles de cerveza.

En fin, a pesar de haber sufrido, y volviendo a casa aún no se me ha borrado la sonrisa de la cara de lo bien que me lo he pasado. Y orgulloso de haber terminado una ruta con una gente cuyo nivel físico y técnico sólo es comparable a su bonhomía y sentido del compañerismo.

¡¡Gracias Jack!! ¡¡Gracias Mass!! ¡¡Gracias Carolus!! ¡¡Gracias Andino!!

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Written by Garbu

mayo 25, 2007 a 11:05 pm

Publicado en Rutas Antiguas

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